Fred Burkhart vive en la zona norte
de Chicago. Cada domingo a partir de las siete de la noche
abre al público su casaestudio y recibe a las personas
que desean escuchar música en vivo y textos literarios.
No sirve bebidas alcohólicas,
sólo refrescos, tizanas y café. Muy parecido
a lo que ocurre en otros lugares de la Ciudad que empiezan
a renacer alrededor de la música, la poesía,
la atmósfera y una taza del aromático.
Este coffeehouse de una noche a la
semana está situado en Lakeview pero no aparece en
los mapas turísticos de Chicago.
Aún así son frecuentes
los domingos en los que el sótano y su elevado piso
de madera albergan hasta 90 personas sedientas de un ambiente
al que llegue también la fría madrugada, pero
de una forma hospitalaria.
Para esa noche, compra medio kilo
de café en grano de una tienda cercana a su barrio.
Es el local para ventas al menudeo
de The Coffee and Tea Exchange una empresa que desde hace
casi 30 años tuesta a diario cafés de alta calidad
y vende sus granos al público a partir de un cuarto
de libra, es decir, poco más de 100 gramos.
Me sorprendió esa presentación
que seguramente es para aquellos fanáticos de la frescura
y para los que buscan recorrer en poco tiempo su extenso catálogo
de orígenes y mezclas. Por cierto en él se incluyen
dos originarias de México.
Minutos después de las siete,
Fred utiliza su doméstico molino de aspas, cuenta los
segundos y guarda la molienda en un frasco hermético
de vidrio.
Habrá tanto que hacer en las
siguientes horas que de esa forma asegura el rápido
cambio de jarras para café.
Le llevé dos bolsas con grano
de Chiapas y de ellas prefirió la de tueste exprés
en lugar de la mezcla de la casa a pesar de que la preparación
sería en cafetera de goteo. Su elección se debe,
creo yo, a que el gusto de muchos estadounidenses ya ronda
más en la gama oscura que en los tuestes medios.
Yo lo había comprado dos días
antes en la Ciudad de México y aparentemente estaba
recién tostado.
Sin embargo el suyo, el del expendio
cercano a su casa, tenía un aroma de mayor intensidad.
Llevaba con orgullo mis dos libras
pues supuse que además del origen, mi aporte estaría
también en la frescura, pero al compararlas me di cuenta
de lo difícil que es competir en ciudades como ésta
si se intenta otro camino que no sea el de la excelente calidad.
Pero para Fred lo más importante
de ese encuentro semanal no es el café sino la cita.
Aunque el no abre este espacio para
convertirlo en una barra o en otra cafetería especializada
como las que abundan en la zona, tiene fácil acceso
a la alta calidad, misma que hace llegar a los consumidores
finales, un ejemplo de cómo la efectiva articulación
de los eslabones va formando cadenas productivas.
The Burkhart Underground que es el
nombre de este espacio abierto de una noche, se define por
lo que no es y quizá tampoco le agrade a cualquier
persona que lo visite.
Es único, según dice
su creador, pero me parece que anda muy cerca de la idea original
de los coffeehouses, sitios descritos desde hace 500 años
donde se privilegiaba la conversación, el pensamiento,
el contacto entre las personas, y el café.
En medio del limpio desorden de su
cocina, platicamos un rato de cómo una misma palabra
en español se usa para la bebida, el color y el lugar,
y sobre las razones que lo movieron a exponer su casa a miles
de personas extrañas durante el año.
Mientras el trío ensaya lo
que esa noche habrá de tocar, veo a sus espaldas clavado
el nombre de Trinity.
Su hija nació hace 17 años
un día de San Valentín pero se la llevaron lejos
hace 8. Con la profunda y perdurable tristeza que siente un
padre amoroso, abre su hogar roto para que al menos una noche
se ocupe el vacío que le dejó la ausencia de
su niña amada.
Cada semana deja que influyan en su
ambiente todas las personas que se acercan y desde hace cinco
años el espera que sea su hija quien abra la puerta
del sótano al que todos podemos llegar.
Sabe que un día Trinity Valentine
regresará a su padre y se enriquecerá de todo
lo que otros le han dejado.
Mientras llega ese momento él
la espera con una taza humeante. Así, mitiga el frío
que siente a veces cuando deja que los vapores suban hasta
los ojos para que luego se le resbalen suavemente junto con
su recuerdo. Ella va a volver; lo sabe, la espera.